Es inútil discutir si la isla de Formentera es hippie o chic. Es inútil hablar de la masificación turística en verano. Formentera sorprende. Es naturaleza y magia, es transparencia y luz, es verde y azul, o mejor dicho, verdes y azules, porque no hay un solo verde ni un solo azul, es un abanico de matices lo que se dibujan en cada rincón. Cuando se llega a Formentera, no se puede oponer resistencia, los sentidos se entregan a la contemplación más sublime, mientras muere en el olvido el mundanal ruido de las ciudades. Formentera es un sendero para andarlo sin prisa y llenarlo de paradas y miradas.  Formentera se huele, se toca, se respira.

Formentera se gusta en su gastronomía, nos regala emociones  en sus puestas de sol, nos hace niños cuando jugamos entre las olas de sus playas cristalinas. En Formentera se vuela en sus vientos y se vive en sus gentes despaciosas y sencillas.

En Formentera se desconecta del estrés y se conecta directamente con la biosfera más hermosa y palpitante.

No es una isla es una provocación, no es un destino es un alto en el camino, no es una evasión es un naufragio del alma. No es un escaparate de vanidades es un misterio perenne por descifrar. Formentera no es una emoción, es un ramillete infinito de emociones. Sufriendo   gozosamente del vértigo de sus acantilados, respirando el verde de sus pinos, sintiendo su ritmo de paz que siempre acompaña.

En Formentera se aprende a ser generoso como su naturaleza. Formentera te cambia.